Información. Sobreinformación. Demasiada conexión. La nueva tendencia es decir basta y desconectarse de todo. O no tanto.

¿Seremos capaces de desintoxicarnos de las pantallas tras la pandemia?

Ha llegado la nueva tendencia a nivel mundial que propone la desconexión, la desintoxicación.

Esto no es nuevo. De hecho lo que surge es la contraposición a un concepto que nació en 2012 y se conoció por su sigla en inglés FOMO, que significaba fear of missing out, algo así como “miedo a perderse lo que pasa”.

FOMO servía para describir cómo el mundo se llenaba de personas enceguecidas por estar pendientes las 24 horas a la pantalla de un teléfono móvil.

Tras la pandemia, llega la nueva era de la desconexión. La tendencia se sustenta un gran número de personas a nivel global, han decidido guardar el teléfono o la pantalla en un cajón, hartos de la dependencia que genera y por momentos, la adicción.

La desintoxicación tiene también su sigla identificatoria. Es JOMO, acrónimo anglo de joy of missing out o, lo que es lo mismo, “disfrutar de perderse lo que está pasando”.

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Para la era post-COVID, el JOMO será la consigna, como parte de las cosas que hemos aprendido en el proceso.

Tras el confinamiento donde solo podíamos comunicarnos, trabajar, comprar o distraernos digitalmente, el JOMO llega para que los hartos de las pantallas azules, se desconecten, buscando equilibrio, intimidad y poniendo la atención en el bienestar sin estar on line.

Los números hablan. El encierro incrementó el uso de aplicaciones y dispositivos: subió un 20% el uso de las redes sociales, incrementó casi un 40% el tiempo dedicado a las pantallas en general, lo que supone un promedio de 4 horas al día.

Esta saturación llevó a muchos, sin importar su lugar o geografía, a buscar los placeres cotidianos y sencillos y las relaciones personales con vínculo afectivo, no virtual.

Algunos especialistas definen esta tendencia y este momento, como el instante en que la humanidad vuelve a lo esencial porque quiere, no porque se ve obligado o se quedó sin internet o paquete de datos.

Asimismo detallan que prescindir del enganche digital no significa poner en cuarentena la tecnología. Lo que se busca es priorizar humanamente nuestros hábitos. La tecnología nos acompañará el resto de nuestras vidas, por lo que esta tendencia busca que pensemos mejor y escojamos cómo queremos hacerlo.

Es posible que nos ayude que el tele trabajo o trabajo remoto haya llegado para quedarse, lo que hará inevitable relacionar pantalla con las obligaciones.

Es por eso que, con una visión más completa y sin la vorágine del día a día corriéndonos, podemos aplicar estrategias para aprovechar al máximo y sacar todo el potencial a nuestro tiempo sin pantallas, ya sea para descansar, recuperarnos o disfrutar de otra manera.

El FOMO nos fatiga

El exceso en el uso de las tecnologías produce una fatiga que se va acumulando y acrecentando y hoy tenemos la posibilidad de librarnos de esa esclavitud en la que nos metimos por nuestra propia voluntad.

Pero no hay que demonizar la tecnología. Al contrario, podemos aprovechar estos tiempos para convivir con ella, mientras profundizamos nuestro vínculo con los placeres

del mundo real que además, nos brindará consuelo y satisfacción en estos tiempos de crisis pandémica.

El confinamiento como herramienta preventiva ante el COVID-19 nos ha empachado digitalmente, esgrimen los especialistas, mientras notan que pasa a ser más valorada y necesaria la relación física, interpersonal y el movimiento.

Por otra parte, la pandemia ha hecho desaparecer el ya delgado límite entre la vida profesional y personal, con trabajadores conectados constantemente.

El filósofo y escritor Enric Puig Punyet, en un tramo de su último libro esgrime que “la pandemia nos ha forzado a digitalizarnos, sustituyendo incluso nuestro cuerpo por lo digital como forma de precaución sanitaria (…). Nos suena a ciencia ficción, pero la realidad es que hemos vivido una pandemia en la que hemos tenido una crisis de contacto entre los cuerpos y hemos apuntado a la tecnología como solución. Pero el cuerpo es insustituible por la máquina”. Por ultimo Puig Punyet declama que “vivimos, de un lado, una tendencia social que nos obliga a digitalizarnos más y, de otro, una voluntad muy íntima de querer “desdigitalizarse”.

¿Cómo hacemos para desconectarnos?

Es muy difícil pero no imposible. Somos seres que evolucionamos a la multitarea, incluso hiperconectados.

Esto provocó una reacción, una tendencia que grafica una necesidad de desintoxicación digital. En contexto de pandemia el proceso se ha acelerado. El mundo procede a cuestionarse el papel de la tecnología en nuestras vidas.

El primer paso es no encender los dispositivos porque sí.

Será ese momento el clave. Algunos especialistas proponen confeccionar una lista en papel antes de prender la computadora, para limitarse a cumplir con las tareas establecidas y no quedar conectados ni un minuto de más. Terminada la tarea, cerrar la computadora y poner la atención en otra cosa.

Este es uno de los consejos que plantea en el “joy of missing out”.

La tecnología es una aliada, no puede ser nuestra prisión. Aprovecharla pero sin poner nuestra vida en piloto automático, siendo consumidores pasivos, tiene que ser el objetivo más saludable.

Para los expertos, socialmente y como consecuencia de la pandemia, el 2020 ha sido casi una pesadilla. Sin embargo también ha permitido un despertar frente a la constante conexión, casi adictiva.

Todo indica que es el momento de, a conciencia, cambiar lo superficial de una conexión on line, por algo más profundo y personalizado.
Por último esgrimen que quedó atrás la década del FOMO e inició una etapa más cercana al JOMO, ya no tan pegada a las pantallas.